OJO POR OJO
- 25 de Septiembre del 2003
La mayor parte de las veces, dicen, la realidad supera a la ficción. Y es cierto. Y también lo es que nos acostumbramos con pasmosa facilidad a convivir con la violencia y a ser, en algunos casos meros espectadores, y en otros cómplices. Preferimos callarnos y apretar los dientes antes de intervenir o llamar a la policía al oír los gritos de auxilio de la vecina del cuarto, que al final murió de una paliza. Luego nos lamentamos –tenía que acabar así, era un mal hombre, pobrecilla…-, y esa noche dormimos otra vez a pierna suelta.
También procuramos no intervenir en las disputas entre amigos, aunque las proporciones no sean justas, aunque veamos claro que uno de ellos tiene las de perder…; al fin y al cabo los dos son “amigos”. También cuando a través de los medios de comunicación y la visión –muchas veces distorsionada- que éstos nos dan del mundo o de una circunstancia específica –un crimen, por ejemplo-, desde nuestras casas hacemos nuestros juicios, utilizando para condenar a una persona o pensar que ha cometido tal o cual crimen, aunque no haya suficientes evidencias, factores como su físico, condición sexual, raza…, que nos parezcan más o menos condenatorios, dormimos toda la noche de un tirón.
Nos espeluznan las guerras, pero pensamos que hay cosas, del día a día, que sólo se solucionan “con unas hostias”. Hacemos juicios arbitrarios acerca de los demás y sus circunstancias, pero nos horrorizamos luego de que una persona sea condenada injustamente. Alardeamos de valores y de principios éticos, pero luego no utilizamos ningún criterio de selección con lo que nos rodea, sobre todo si obtenemos beneficios.
No podemos culparnos de sucesos que no tienen explicación, pero tal vez si cada uno de nosotros, desde nuestra circunstancia personal y cotidiana, procurase vivir acorde a unos principios de no violencia, de solidaridad, respeto y tolerancia, la sociedad sería diferente o tendría visos de serlo. Porque parece ser que tenemos lo que nos merecemos., y para rato.
Myriam de Nicolás .
