TERRORES DIURNOS
- 8 de Diciembre del 2003
Cuando el sol entra por la ventana y tienes dos días de fiesta por delante, celebraciones aparte, es motivo sobrado para estar contento. Y si además esa ventana es la del cuarto de tu infancia y el pupitre en el que te apoyas es donde, como si no hubiera pasado el tiempo, vuelves a sacar los libros, recordando cómo hace sólo un puñado de años nunca veías la hora de sentarte a hacerlo, sientes nostalgia y el pasado se mezcla con el presente en breves ráfagas de recuerdos inesperados, de esos que vienen a la memoria al identificar algo conocido, que nos hace recordar aquello que se había borrado de la mente. Olores, sabores, escenarios unidos a vivencias pasadas.
Miro por la ventana y veo el mismo escenario que veía entonces, apenas ha cambiado nada. La terraza del edificio de enfrente aún tiene pintado un arco iris y una flor de colores en su blanca pared, y la tienda de la esquina sigue siendo la misma (aunque reformada, eso sí).
Pensando en eso, en la palabra “reformar”, me acuerdo también de que cuando nació la Constitución yo era muy pequeña. Apenas hablaba, pero repetía algún artículo sin entender su significado. Es algo parecido a lo que me ocurre ahora cuando la leo, y me doy cuenta de que no tiene mucho que ver con algunas de las cosas que funcionan en la práctica. Ni en Soria ni el resto de España, autonomías incluidas. Me pregunto por qué parece tan extraño que nuestra Carta Magna, ya con un cuarto de siglo a sus espaldas, y además cuando se recurre a ella tan a menudo para llenarse la boca, no pudiera ser revisada y mejorada, actualizando las partes que en estos años han cambiado. Hace 25 años yo no levantaba casi un palmo del suelo y ahora empiezo a tener arrugas. Y sólo soy dos años mayor que ella. Al menos que sea respetada por todos.
Y es que cuando eres pequeño el mundo tiene otra dimensión ¿o será cuándo eres mayor?. Los niños atraviesan una etapa -al parecer normal en el crecimiento-, de “terrores nocturnos”. Cuando creces desaparecen, dicen, pero en realidad pasan a ser “terrores diurnos”, una especie de pesadilla colectiva. Menos mal que a veces tienes suerte de despertarte y estar sentado en el cuarto de tu infancia, con el sol entrando por la ventana.
Myriam de Nicolás .
